Un día como hoy de hace dos años asistí al funeral de mi querido cuñado Santiago, donde lloré todo lo que se puede llorar. Después me incorporé a mi puesto de trabajo y, sin pésames de por medio, dos personas sin alma me despidieron mientras otras miraban. No lloré porque ya no tenía lágrimas.
Es imposible recuperar a los seres queridos y, por ahora, parece que con el trabajo sucede lo mismo. Y es curioso cómo, en lugar de una declaración de pena y odio, las palabras han decidido juntarse y decir esto:
Dos años sin rumbo y sin noción del tiempo,
mis dados sin puntos siempre suman cero.
Dos años mirando sin saber qué veo,
dos años de noes, dos años de infierno.
Las lágrimas negras se lloran por dentro,
resbalan despacio, no tienen consuelo,
no puedo secarlas, yo solo las siento,
se extienden despacio gritando en silencio.
Me lanzo al vacío y aun así tropiezo;
la suerte no existe, lo justo se ha muerto
y al cerrar los ojos me dice el espejo:
Prosigue tu viaje...
Nada vale más
que tu corazón.
Y te lo tenía que contar.